31 de julio de 2012

El fin de los hechos y el principio de las ideas


(Por Eduardo Ibarra)

Los resultados de la ùltima reuniòn de los paìses americanos en Indias de Cartagena, fueron por demás novedosos en la historia de nuestros Estados Nacionales. Estò se manifestò en un cambio radical de las relaciones internacionales de los paìses de America latina con respecto a EEUU, en el cual Ecuador negò su presencia ante la històrica discriminación de Cuba en las Cumbres Americanas, posterior a la declaraciòn del carácter socialista de la revoluciòn. A su vez la mayorìa de los paìses participante se expresaron en contra de dicha discriminación, conjuntamente con el reclamo y solidaridad por la situación colonial de las Islas Malvinas.
Todo esto dentro de un marco històrico de respeto entre los distintos Estados de Sur Amèrica y el Caribe, producto de nuevos procesos polìticos y sociales, que tienen su expresión en los acuerdos bilaterales, multilaterales y en la creación de organismos internaciones gubernamentales, que revalorizan una identidad propia, històrica y autónoma, a través del ALBA, UNASUR y la CELAC.
Es en esta situación donde EEUU no logra imponer la agenda, ni la firma conjunta de un documento final.
Si bien èsto marca un hito en la lucha de nuestro continente y un resurgimiento de las ideas que dieron origen a la independencia de las colonias americanas, tambièn hubo un hecho aunque menor, no menos sintomático.
Meses antes del arribo de Obama, su servicio de inteligencia y de seguridad presidencial, arribò con antelación a fin de establecer los controles necesarios para la integridad del representante polìtico del imperio y su comitiva. Sin embargo en dicha estadía, de Rambos, James Bond y Terminators, los agentes secretos se dedicaron a realizar multitudinarias fiestas periódicas, con prostitutas y muchos libros de whisky. Ante el espectàculo grotesco y el no pago de los servicios sexuales y hoteleros, fueron intimados a retirarse, dejando en ridìculo al màs eficiente poder militar y represivo del mundo.
Ante un hecho tan histriónico, las grandes cadenas de medios pormenorizaron lo sucedido, sin mayores trascendencias; cabrìa preguntarse que hubiese pasado si esto le sucedía a la comitiva argentina, y que tratamiento hubiesen hecho los medios internacionales y locales, cuantas comparaciones y clasificaciones habrían hecho entre paìses serios y paìses que no lo son, y a cuantos analistas de cabaret hubiésemos tenido que aguantar.
Para entender que es el poder norteamericano, no hay que remitirnos a lo que dicen ser, sino a los hechos que nos demuestran lo que verdaderamente son1.

Tomando en cuenta su polìtica imperialista de conquistas e invasiones a todos los paìses de la Tierra (Doctrina Monroe recargada), surge claramente los motivos, los modos y la concepción que se tienen a si mismo y hacia los demás (ósea el resto de la humanidad). Tanto en las incursiones declaradas con bombos, platillos y bandera al frente, (Vietnam, Repùblica Dominicana, Afganistán, Irak, etc), como las operaciones encubiertas o tercerizadas (mercenarios en África, militares golpistas en Amèrica Latina, insurgentes contras y afganos, etc), siempre tuvieron la misma concepción moral de ser superiores y de tratar como subhumanos a los conquistados o derrotados, torturando, asesinando, violando y ultrajando cuerpos. La ùltima gran creación ante tamaña contradicción, de valores liberales y de militarismo criminal, fue la entidad jurìdica del terrorista, en el cual se establecen categorías religiosas para deshumanizar al enemigo u opositor al règimen imperial y capitalista. Por lo tanto al retrotraer la visiòn del mundo a una filosofía pre hegeliana, donde todo es entendido entre blanco o negro, bueno o malo, el actor demonizado es incapaz de estar dentro de un orden social y sobretodo moral representativo del bien universal, haciendo del terrorista una entidad mal de una maldad absoluta y hacer de su ser la constituciòn de ella; es en sì todo lo malo, lo cual carece de todo derecho dentro de la estructura jurìdica establecida, lo que lleva a que su eliminación sea la ùnica soluciòn para preservar a un sistema basado en el orden de lo “bueno”. Desde èsta concepción el poder ve e impone reglas autoritativas, que sòlo pueden concebirse como un todo o nada, el ser o no ser, sin entender la multiplicidad de contradicciones que alberga dentro de todo sistema, necesario para su existencia o su finalización.
Esta concepción filosòfica no està dada sòlo por reflejo voluntarista de preservación de los propios intereses, sino que lo insume dentro de la propia lògica que quiere negar, que al no aceptar o exponer el propio movimiento dialèctico que dio vida a su propia existencia, lo condiciona a negarlo producto de la superaciòn que todo proceso humano y biològico implica; por lo tanto hacer explìcito èsto implicarìa aceptar su propia finiquitud y la posibilidad de que los actores subhumanizados tengan la capacidad de superarlo en un salto dialèctico.

Esta idea del mundo unidimencional se encuentra marcada por el inicio mismo de la actuación de EEUU en el plano internacional, en la cual de una doctrina de no intervención extra territorial, surgiò la necesidad econòmica y polìtica de proteger sus intereses en el resto del continente ante la amenaza de las viejas monarquías europeas y de la conformaciòn o deformación posterior de desplegar su influencia a todo el mundo, producto de la caìda de Inglaterra como potencia y el surgimiento de un nuevo capitalismo financiero (imperialismo).
Desde los motivos reales surge toda una composición de relatos culturales, esgrimiendo valores supuestamente universales, conformando un marco de legalización a las acciones militares que responden a intereses geopolìticos y econòmicos; es interesante la composición de un relato principista que hace Kissinger en su libro la Diplomacia1.

A partir de la caìda del campo socialista, la expansiòn del capitalismo fue universal y sin lìmites de fronteras ni soberanìas, por lo que no sòlo cayò un sistema opuesto al libre mercado, sino tambièn se produjo la perforación de la autoridad y dominio de los Estados en sus respectivos territorios, por parte del capital financiero. Ante la mìnima capacidad de autonomìa y resistencia a la ola liberalizadora, la respuesta militar era contundente, como nunca antes se manifestò en la historia, ya se por la capacidad de respuesta, el desarrollo militar, la unilateralidad o la destrucción masiva a la que eran sometido los territorios díscolos.
Este proceso tuvo su necesario reflejo teòrico y cultural; comúnmente llamado ideologìa, desplazando todo análisis crìtico, y decretando el fin de las ideologías y el fin de la historia1.
Desde èste relato ideològico hegemònico, se dio por terminada y sepultada la experiencia socialista, como fase necesaria al comunismo, dejando en pie sòlo como contraparte los socialismos de mercado o socialdemócratas liberales. A su vez toda experiencia keynesiana del llamado Estado benefactor, fue tomada como una interferencia artificial de la polìtica sobre la natural actividad econòmica2.

La historia es dialéctica

Si bien el análisis de los pensadores liberales trata de desconocer los movimientos dialècticos de la historia, no pueden negar la dinàmica de los procesos humanos y biològicos, por lo que el relato teòrico necesita para sujetar a las mentes y a los corazones de todos los dominados en una idealización metafìsica (estática) de la realidad. Cuando dieron por sepultada la experiencia socialista, no tuvieron en cuenta o desconocieron la propia dinàmica de los procesos revolucionarios a lo largo de toda la historia de la humanidad. Todos los procesos revolucionarios tienden a consumirse en sus propios actos, para dar paso a nuevos sistemas de producciòn y de creencias.
Tanto nuestra estructura de pensamiento (occidental), como las ideas filosóficas y políticas, que dieron paso a través de 2500 años de historia a nuestra organización social y política, fueron originadas por generaciones de pensadores atenienses que reflexionaron sobre la experiencia de la democracia en la edad de oro de Pericles. Estas nuevas concepciones surgen a partir de la caída y el fin del esplendor ateniense, tanto por sus luchas fraccionales internas, como por la derrota ante Esparta en la guerra del Peloponeso.
El cristianismo surge y se erige, desde las catacumbas romanas, sobre los escombros del mayor imperio conocido en la antigüedad y se constituye como el mayor poder moral y/o ideològico de la edad media.
La revoluciòn francesa fue la que parió al nuevo e insipiente sistema político capitalista, enterrando a la monarquìa y al feudalismo, cuyo ciclo llega a su fin con la derrota de los jacobinos de Robespierre y Danton, derrotados por las clases màs conservadoras de la burguesìa y tambièn fagocitados por su propia obra. A su vez la figura de Napoleòn aparece como ordenador del proceso revolucionario y negador en parte de las ideas polìtcas de 1789, pero desde su militarismo expansivo logra extender màs que un ejercito conquistador y la de su propia figura imperial. Lleva en sus tropas la semilla de una nueva forma de entender al mundo, que a pesar de ser derrotado en su necia invasión a Rusia y de la instauración de la monarquìa de la mano de la Santa Alianza, van a ser las nuevas fuerzas de la burguesìa, las que universalicen el nuevo sistema capitalista3.
La URSS ha caìdo producto de su propia inexperiencia, sus errores y la incapacidad de sostener en el tiempo una defensa eficaz frente al Imperialismo. Su desarrollo estuvo signado por el propio retraso econòmico y social, conjuntamente con la necesidad de ir dando respuesta a hechos y situaciones en las cuales no contaba con conocimientos o ejemplos anteriores. Si bien cabe destacar que desde su nacimiento siempre fue faro y sostén del desarrollo de la revoluciòn socialista mundial, desde los acontecimientos en Alemania de 1920, hasta la ayuda a los Frentes de Liberación y la protecciòn (económica, política y diplomática) a los nuevos paìses socialistas (a pesar de la idea del socialismo en un sòlo paìs), su propia supervivencia estuvo condicionada y en parte negada en el desarrollo mundial del socialismo.


El tan mentado y artificial juego teórico del pragmatismo y la naturalización de las relaciones sociales, que la burguesía practica y nos practicó, nos es más que el enmascaramiento de la ley dialéctica de la historia de la humanidad. Todo proceso termina negado en su propio surgimiento, negando su carácter nacional para afirmar su nueva condición universal. Para que la revolución viva la propia revolución tiene que morir.


El mito vive

No es casual que las causas y comportamientos del Imperialismo y de toda la burguesìa, estèn llenas de contradicciones y manifestaciones burdas como las que arriba se menciona. La moral burguesa es un compendio de reflejos vacíos e hipócritas, que tratan de imponer por la coacción.

Como analiza Mariàtegui en “El Hombre y el mito”, el mito es el que mueve al hombre en la historia, sin un mito la existencia del hombre no tiene ningùn sentido històrico, porque no se conforma con la infecundidad, no se resigna a ser un ser metafísico. Por eso se plantea las soluciones a los problemas que està en condiciones de resolver, pero no desde una forma temporal, en la cual toda verdad de hoy no será vàlidad mañana o como un movimiento revolucionario que entienda su carácter conservador en el futuro, sino como una verdad absoluta e infinita, que dé las respuestas a todos los problemas actuales y venideros, porque las masas no reparan en sutilezas, arremeten con el ímpetu de lo nuevo, sin reparar en relativismos.
Las nuevas ideas fuerzas del proletario surgen en parte como respuesta a la alineación de la capacidad del hombre frente a las ideas religiosas y disociantes del sistema explotador. Hacen descender la fe y la mìstica del cielo a la tierra, rompen con las ideas paralizantes y naturalizadas que instrumentan contra su propia clase.

Con prepotencia y desden el proletario reclama un nuevo sistema, asentado en su fe hacia el mito; que Sorel entiende como la huelga y Mariàtegui como la revoluciòn social. En frente, la fuerza opresora de la burguesìa carece de mito, el suyo se ha extinguido, no tiene sangre en su cuerpo, niega cuando el proletario afirma, retrocede cuando èste avanza, es un cadáver pudriéndose que en su muerte intenta arrastrar a todo. El proletario con su verdad absoluta no mira hacia atrás, no desfallece en caìdas, la URSS no ha sido la soluciòn definitiva pero lo serà, no toma los argumentos dedesaliento del cadáver que lo oprime, sòlo toma las experiencias que lo impulsan al triunfo. Como nos lo recuerda el propio Sorel, he ahì su fuerza.

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Notas:
1 No se trata de dejar de lado el armado ideològico que se intenta imponer, a modo de naturalización de sus principios como universales. Se trata de entender desde donde se construyen y el momento histórico que da forma y sentido a dicha construcciòn. La manifestación o la forma en que se muestra el Poder desde el Poder mismo, y a travès de los distintos medios o aparatos ideològicos, parte desde intereses concretos y necesidades propias de un sistema històrico dado, no son la mera expresión de deseo o defomaciòn idealista de la realidad concreta, sino una forma de enmascaramiento de intereses que se tratan de imponer.
Si el poder se manifestara en forma abierta y descarnada, le serìa imposible poder construir su propia hegemonìa ideològica/cultural a cada uno de los individuos que domina, no sòlo por la abierta confrontación de intereses que estarìan a la vista, sino tambièn por la necesidad de construir un lenguaje que debe asignar valores por medio del sentido comùn.
Si sòlo nos quedamos con la manifestación ideològica del Poder (la imagen que se nos da), perdemos de vista sobre que intereses concretos y sobre que tipo de relaciones sociales debe erigirse, por no tanto no comprenderíamos sus fines, ni el por què de su surgimiento.
Pero si sòlo tomamos la estructura, no podrìamos entender cuales son los mecanismos de dominación y las formas en que se exteriorizan sus propios intereses y aspiraciones, viéndolo como algo monolìtico y homogéneo, por no decir determinista.

2 Cito el libro de Kissinger, por ser el màs cabal representante de la burocracia estadounidense y el que marcò toda una corriente de pensamiento en RRII dentro del poder polìtico del imperio. Dando fundamentos y cohesión para el desarrollo de operaciones diplomàticas y militares hacia el resto del mundo.  

3 El representante mediàtico màs conocido de esta teorìa fue Francis Fukuyama, que no fue màs que un burdo compilador de conceptos, sino que tambièn cae en contradicción en su crìtica al marxismo, por catalogarlo de determinista, al decretar el fatalismo del sistema liberal de mercado. El fin de la historia y de las ideologías no es màs que la lucha del propio sistema por imponer sus leyes como algo natural, ahistòrico, universalizado y necesario. Dècadas atrás Héctor Agosti ya habìa analizado, en Ideologìa y cultura, dicho proceso.    

4 La ortodoxia liberal toma a la econòmia como una especie de ciencia exacta, apartada de toda acciòn del individuo y por supuesto ahistórica y no ideológica.

5 Como sostiene Eric Hobsbawm en “La era de la Revoluciòn, 1789-1848, va a ser la doble revoluciòn la que conforme y universalice al nuevo sistema; la revoluciòn industrial en Inglaterra, con su desarrollo comercial y su concepción de la laissez faire, conjuntamente con la revoluciòn polìtica francesa nuevos fundamentos democràticos de la Liberté, égalité, fraternité.



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